La bestia apocalíptica
La apostasía de Juan Pablo II en Asís

El 27 de octubre de 1986, Juan Pablo II invitó a los principales líderes de todas las falsas religiones del mundo a acudir a Asís, Italia para una Jornada Mundial de Oración por la Paz. Juan Pablo II oró con más de 100 líderes religiosos de diferentes falsas religiones, repudiando de ese modo, la enseñanza de la Escritura y el magisterio de 2000 años de la Iglesia Católica que prohíbe la oración con las religiones falsas.
Toda la jornada de oración con los paganos, infieles y herejes fue idea de Juan Pablo II. Durante esta reunión, el Dalai Lama colocó una estatua de Buda sobre el tabernáculo en la iglesia de San Francisco.
La estatua de buda sobre el tabernáculo en Asís

Entre los distintos líderes de las religiones falsas en Asís, había rabinos, muftíes musulmanes, monjes budistas, sintoístas, un surtido de ministros protestantes, animistas, jainistas, entre otros.
Durante la reunión, un miembro de cada religión falsa ofreció una oración por la paz; oraciones blasfemas, por ejemplo, como la del hindú que dijo: “La paz sea con todos los dioses” (El líder animista oró al “Gran Pulgar”). Pero como sus dioses son demonios, como nos enseña la revelación, en el propio Vaticano, que patrocinó la Jornada Mundial de Oración por la Paz, ¡se rezó pidiendo la paz con todos los demonios (que crearon las falsas religiones)! La religión del Vaticano II quiere que estemos en comunión con los demonios.
En 1928, el papa Pío XI condenó autoritativamente esta actividad inter-religiosa y la denunció como una apostasía de la verdadera fe.
Papa Pío XI, Mortalium animos, # 2, 6 de enero de 1928: “Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión. Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”.
Papa Pío XI, Mortalium animos, # 10: “Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos [con los acatólicos], ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos…”[1].
Juan Pablo II, discurso del angelus, 12 de octubre de 1986: “En pocos días iremos a Asís, representantes de la Iglesia Católica, de otras iglesias cristianas y comunidades eclesiales, y otras grandes religiones del mundo. … He hecho esta invitación a los ‘creyentes de todas las religiones’”[2].
Juan Pablo II, Redemtoris missio, # 55, 7 de diciembre de 1999: “Dios… no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo en cada individuo sino también en los pueblos, mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones…”[3].
Encontramos aquí, una vez más, una clara expresión de la apostasía. Él dice que Dios se hace presente a través de las riquezas espirituales de los pueblos, de los cuales sus religiones son su principal expresión. Esto significa que Dios se hace presente a los pueblos mediante las religiones no cristianas, lo que significa que las religiones no cristianas son verdaderas e inspiradas por Dios.
Papa Pío VIII, 24 de mayo de 1829: “Contra estos experimentados sofistas, al pueblo se le debe enseñar que la profesión de la fe católica es la única verdad, como clama el apóstol: ‘un Señor, una fe, un bautismo’”[4].
Juan Pablo II, discurso, 22 de mayo de 2002: “Alabados seáis, seguidores del islam,… Alabado seáis, pueblo judío… Alabado seáis especialmente, Iglesia ortodoxa…”[5].
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832: “Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef. 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo (Luc. 11, 23) y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha”[6].
Juan Pablo II, Redemptoris missio, # 10, 7 de diciembre de 1990: “La universalidad de la salvación no significa que se conceda solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo y han entrado en la Iglesia”[7].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, credo dogmático Atanasiano, 1439: “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. … Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo…”[8].
Las otras reuniones ecuménicas de Juan Pablo II
Juan Pablo II continuó, después del evento de Asís, con su desenfrenado programa de apostasía, totalmente condenado por la enseñanza de la Iglesia Católica. Juan Pablo II patrocinó encuentros de oración paganos en Kioto (1987), Roma (1988), Bari (1990), y Malta (1991), así como numerosas reuniones después de 1991.


Juan Pablo II siendo “bendecido” en un ritual pagano por un chamán indio en 1987[9]
Hubo una escandalosa reunión de oración pagana en 1999, que se denominó oficialmente “El encuentro pan-cristiano”, en la que una gran concurrencia de religiones falsas fueron al Vaticano a petición de Juan Pablo II (más sobre esto en un momento).
Notas:
[1] The Papal Encyclicals, vol. 3 (1903-1939), p. 317.
[2] L’Osservatore Romano CD-Rom, Año 1986, Ciudad del Vaticano, discurso del angelus de Juan Pablo II, 12 de octubre de 1986.
[3] The Encyclicals of John Paul II, p. 540.
[4] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740-1878), p. 222.
[5] L’ Osservatore Romano, 29 de mayo de 2002, p. 4.
[6] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740-1878), pp. 237-238.
[7] The Encyclicals of John Paul II, p. 502.
[8] Decrees of the Ecumenical Councils, Sheed & Ward y Georgetown University Press, 1990, vol. 1, pp. 550-553; Denzinger 39-40.
[9] Our Sunday Visitor, 17 de abril de 2005.
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